Cambiar para transformar pt. 2

Continuando con la conversación de la semana pasada.

Las distintas políticas vigentes (sanidad, educación, desarrollo económico, ayuda social, transporte, cultura, etc.) presentan una lógica de intervención excesivamente sectorizada, que al entrar en interacción sus efectos construyen la dinámica social y económica, dando origen a los procesos de exclusión e inserción, afectando a personas y colectivos. En este sentido, se puede decir que la llamada “política social”, con la que se espera dar respuesta a la exclusión, tiene algo de ficción teórica, ya que son el conjunto de los distintos aspectos vitales los que contribuyen a crear y nutrir las relaciones sociales, como base de las alternativas de inclusión. Esto dificulta imaginar que se puedan dar respuestas reales con las políticas sociales actuales, cuando no consideran los ámbitos territoriales (muy amplios) y solo provocan que se pierda el sentido de comunidad y de responsabilidad colectiva.

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Las políticas como acuerdos para construir el bien común permiten que se hable de flexibilidad, de integralidad, de implicación colectiva, de comunidad y de inteligencia emocional, para lo cual se debe acudir al ámbito local donde se puede encontrar el grado de proximidad necesario para que todo ello sea posible. Y es precisamente en el ámbito local donde hay más posibilidades de introducir dinámicas de colaboración gobierno-sociedad civil, que permitan aprovechar los distintos recursos de unos y otros, buscando generar o potenciar los lazos comunitarios (llamado capital social), tan decisivos a la hora de asegurar dinámicas de inclusión sostenibles en el tiempo y con garantías de gestar la autonomía (dejar la dependencia); esto no implica atenuar o desdibujar las responsabilidades de los actores, sino convertir el problema de unos pocos en un debate público que concierna a todos.

Lo importante para establecer acciones de inclusión es saber que la exclusión no es algo estático y permanente. Por tanto, si la exclusión conlleva un fuerte dinamismo donde hay “entradas” múltiples y súbitas que la agudizan, las acciones de respuesta pública y privada deben tender hacia procesos de prevención, promoción e inserción, fortaleciendo y restableciendo vínculos laborales, sociales, familiares y comunitarios. Ya que la inclusión tiene mucho que ver con la creación de lazos de relación social. Esto da sentido a la labor de los profesionales dedicados al tema, de los poderes públicos y de las instancias o asociaciones que trabajan en ella, que han de basarse en la puesta en contacto con la persona o el colectivo; ayudar a que se reconozca; a que se reconcilie con su imagen; a trabajar con las relaciones de la persona, partiendo de los ámbitos más privados (niños, jóvenes, adultos, ancianos, etc.), hasta los espacios públicos (vecindario, comunidad, barrio, ciudad) y las instituciones (familias, escuelas, empresas, asociaciones, poderes públicos, etc.). De esta manera, la inclusión implica reconstruir su condición de actor social.

La intervención que promueve el cambio mediante la inclusión comienza por conocer los recursos del medio, para movilizarlos y aprovecharlos. De esta manera, no sólo se consigue que el proceso de inclusión sea un proceso de reconstrucción de lazos y de relaciones, sino que sea también un proceso compartido, no estrictamente profesionalizado, y que además permita que el entorno social, la comunidad, reconozca los problemas que generan exclusión. 

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Lo que hace falta es que haya una coproducción de los procesos de inclusión, en la que unos y otros asumen el riesgo de recrear lazos, de recuperar vínculos. Evitando anticipar los planes de acción y fijar resultados de antemano, ya que de la misma manera que la exclusión ha sido fruto de una multiplicidad de hechos y de situaciones, también la inclusión deberá ser objeto de una búsqueda en la acción. Por esto la exclusión tiene que abordarse con nuevas formas de hacer la intervención, que habiliten y capaciten a las personas activando sus capacidades, y que las políticas públicas incorporen procesos e instrumentos de participación para el fortalecimiento del capital humano y social.

La inclusión como primer paso para generar cambios y construir la transformación no puede ser concebida como una aventura personal, en la que el “beneficiario” va pasando obstáculos hasta llegar a un punto predeterminado por los especialistas (sabios del desarrollo). Inclusión y exclusión son términos cambiantes que se van construyendo y reconstruyendo socialmente. Por tanto es necesario entender la inclusión como un proceso de construcción colectiva, que no está exenta de riesgos y donde los poderes públicos tienen que actuar como garantes no como gerentes. Se tiene que buscar la autonomía, no la dependencia. Búsqueda enfocada en construir un régimen de inclusión, entendiendo que es un proceso colectivo, en el que un grupo de personas están relacionadas informal y formalmente desde su propia posición, tratando de crear un ambiente de cohesión social para su comunidad. Esto exige activar la colaboración, generar incentivos, construir consenso y aceptar los riesgos.

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La tarea comienza en hacer que las personas de los colectivos participen desde el principio en el diseño y puesta en práctica de las medidas de inclusión que les beneficien. Aprendiendo que el proceso de inclusión comienza por tener el proyecto personal y el proyecto colectivo, para que todos los integrantes de la agrupación, los profesionales encargados del acompañamiento, las instituciones colaboradoras y la comunidad en la que se ubican, entiendan que la tarea es un compromiso colectivo, donde es fundamental participar, asumir responsabilidades y prever riegos, porque todos pueden ganar y todos pueden perder. En este sentido, la clave es mantener la interacción y la colaboración entre las personas que quieren la integración social, aprovechando el ámbito productivo (transformación del mercado laboral), el ámbito institucional (formación del ciudadano) y el ámbito de la reciprocidad (información sobre los cambios en las estructuras familiares y las redes comunitarias).

La participación es la base de la inclusión, porque impulsa el cambio personal y comunitario en forma gradual, ya que favorece el desarrollo de diversas competencias, sentimientos de pertenencia, autonomía, proactividad, autogobierno, y porque adicionalmente activa mecanismos que interconectan el espacio público y el privado, haciendo que el logro del bien común sea una tarea compartida. Con esto hay que enfatizar desde la perspectiva de la inclusión, que la participación es fundamental para construir la consciencia, mejorar las condiciones de sociabilidad, generar los controles de sentimientos y modificar las condiciones psicosociales. Además es la única forma de que las personas puedan encontrar soluciones creativas a sus problemas, pues se necesita de su percepción para poder definir (aunque sea parcialmente) el curso de los acontecimientos. Esto significa que las personas reaprenderán, al dejar de aceptar que la participación es “ser partícipe de” (recibir prestaciones y disponer de servicios) para entender que la participación es “tomar parte en” (capacidad de desarrollar iniciativas, tomar decisiones y ser parte activa de un proceso).

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Lo que no debemos olvidar es que se están viviendo cambios en todos los contextos. En esta nueva era, los líderes tienen que ver la necesidad de reescribir las reglas sobre cómo comprometer a las personas para gestar, desarrollar y organizar las acciones que lleven al cambio con el propósito de transformar la propia realidad.

Las organizaciones que logren reimaginar e innovar la gestión del talento y sepan adaptarse a los nuevos modelos de trabajo impulsando cambios en la sociedad, la regulación y las políticas públicas serán las que sobrevivan y triunfen; serán las organizaciones del futuro.

 

Ernesto Martínez Guerrero

Centro de Activación de Capacidades “Xiquita”, S. C.

«Quien mira afuera, sueña; quien mira dentro, despierta»

 

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